Parte I
Mientras reflexionaba si sería capaz de soportar un año en aquel minúsculo y mugriento apartamento, intentaba no ver a la araña que se paseaba felizmente entre dos paquetes de ¿harina? que debieron caducar hace ya mucho tiempo. Suspirando con resignación se retiró de la cara un mechón rebelde y se encaminó al dormitorio donde la esperaba su vieja y usada samsonite, todavía sin abrir. Después de unos instantes de lucha con la pegatina que había adornado su maleta después de pasar por facturación, consiguió (por fin) empezar a colocar sin mucho entusiasmo las pocas piezas de ropa que había traído consigo. Mientras, no paraba de murmurar.
Tengo que comprar una plancha, un cepillo de dientes, una fregona, una lavadora... Comprobar si esa asquerosa cocina a gas y el termo funcionan... Hmmm, ¿qué más?, ¿qué más? ¡Ah, Dios! ¡Chocolate! Casi se me olvida lo más importante.
Echó un vistazo por la ventana mientras se repetía que necesitaría chocolate, mucho chocolate para no deprimirse en esa pocilga. Se giró maldiciendo su suerte y observó un instante el armario. La ropa estaba algo desordenada, como si alguien hubiera estado rebuscando impaciente (exactamente como a ella le gustaba) cuando oyó discutir a los vecinos. Un hombre y una mujer. Parecían jóvenes. Ella, que no era cotilla, se acercó a la ventana del patio para oír mejor. No pudo distinguir mucha palabras, así que cuando las voces desaparecieron, se sintió decepcionada. Se resignó a volver a su solitario dormitorio cuando escuchó gemidos y ruidos de cama. Una media sonrisa se asomó en su cara.
Vaya, parece que se han reconciliado. Tal vez debería comprar unos dulces y presentarme en su piso como la nueva inquilina. Así voy conociendo a los vecinos y quién sabe, con suerte, tal vez me dejen unirme a la fiesta...
Se borró su sonrisa cuando pensó en todas las cosas que tendría que hacer al día siguiente y se tumbó en la cama. Mientras pensaba que tal vez la simpática araña de la cocina la visitaría en plena noche e intentando recordar dónde habría puesto el maldito pijama, se quedó profundamente dormida.
Tengo que comprar una plancha, un cepillo de dientes, una fregona, una lavadora... Comprobar si esa asquerosa cocina a gas y el termo funcionan... Hmmm, ¿qué más?, ¿qué más? ¡Ah, Dios! ¡Chocolate! Casi se me olvida lo más importante.
Echó un vistazo por la ventana mientras se repetía que necesitaría chocolate, mucho chocolate para no deprimirse en esa pocilga. Se giró maldiciendo su suerte y observó un instante el armario. La ropa estaba algo desordenada, como si alguien hubiera estado rebuscando impaciente (exactamente como a ella le gustaba) cuando oyó discutir a los vecinos. Un hombre y una mujer. Parecían jóvenes. Ella, que no era cotilla, se acercó a la ventana del patio para oír mejor. No pudo distinguir mucha palabras, así que cuando las voces desaparecieron, se sintió decepcionada. Se resignó a volver a su solitario dormitorio cuando escuchó gemidos y ruidos de cama. Una media sonrisa se asomó en su cara.
Vaya, parece que se han reconciliado. Tal vez debería comprar unos dulces y presentarme en su piso como la nueva inquilina. Así voy conociendo a los vecinos y quién sabe, con suerte, tal vez me dejen unirme a la fiesta...
Se borró su sonrisa cuando pensó en todas las cosas que tendría que hacer al día siguiente y se tumbó en la cama. Mientras pensaba que tal vez la simpática araña de la cocina la visitaría en plena noche e intentando recordar dónde habría puesto el maldito pijama, se quedó profundamente dormida.